La mayoría de los chilenos se olvidó del krill, un pequeño crustáceo, base fundamental de la cadena alimenticia en aguas antárticas, y que vivió en Chile su época de auge a mediados de los ‘70, cuando incluso se proyectaba como un producto estrella local.
Mide entre 4 y 6 centímetros, tiene 80% de agua, pesa 4 gramos y es altamente perecible, por lo que debe procesarse en los mismos barcos que lo capturan. En los ‘70 los empresarios marítimos chilenos no estuvieron dispuestos a invertir en ellos.
Hoy rusos, polacos y japoneses han tomado la delantera en la pesca de krill y por eso no resulta tan extraño encontrarlo en las góndolas de algunos supermercados en productos para consumo humano. En precio, los 200 gramos de carne congelada alcanzan los 2.500 pesos.
Entre sus bondades se cuenta el fortalecimiento del sistema cardiovascular, contiene calcio, flúor y otras tantas vitaminas y minerales, pero su fuerte está en las proteínas. 100 gramos de krill equivalen al requerimiento proteico de 5 personas al día. En sabor es similar al camarón y al langostino, y en Asia es donde más se consume y no sólo en comida, sino que también en la industria nutracéutica por sus variadas propiedades.
Es el principal alimento de ballenas y otras especies antárticas. Por eso su pesca excesiva puede provocar un serio problema, y aunque el krill es un recurso abundante, el aumento de su explotación en 5 veces ha encendido las alarmas ambientales. Además, los hielos han disminuido por el cambio climático lo que ha afectado su reproducción.
Sólo el tiempo dirá si esta nueva promesa de explotación del krill se cumple, y si nos beneficiará sin perjudicar al frágil ecosistema antártico.